ARIEL DORFMAN | ESCRITOR Y ACTIVISTA POR LOS DERECHOS HUMANOS “Esta crisis es una prueba de fuego para nuestra especie”

May 11, 2020

El novelista y dramaturgo Ariel Dorfman, que explora en su obra los efectos del miedo, la violencia y el exilio, explica por qué cree que los tiempos peligrosos no son incompatibles con la esperanza.

Entrevista realizada en Diario El País

La pandemia ha dejado a millones de personas atrapadas en un presente continuo. Impedidos de proyectar el futuro como antes, de basar nuestra marcha hacia adelante en un puñado de ilusiones más pueriles o más desesperadas —un trabajo mejor, cruzar vivo la frontera, abrir un negocio, cambiar una sociedad, que alguien nos espere— el confinamiento nos obliga a mirar alrededor con crudeza, a evaluar la distancia entre nuestras ambiciones y nuestras posibilidades bajo una luz nueva y despiadada, como si de pronto hubiésemos despertado a mediodía en medio del desierto. “Un lugar de muerte y duras pruebas, un lugar que hay que evitar”, pensaba Ariel Dorfman sobre el desierto cuarenta años antes de viajar al Norte Grande de Chile, a la región más árida que existe, por encargo de la National Geographic Society.

De aquella expedición que hizo con su esposa Angélica en 2002 surgió Memorias del desierto, un libro que es a la vez crónica documental y ensayo biográfico. En su recorrido a través del desierto, allí donde otros ven las ruinas de un pasado glorioso, Dorfman encuentra una advertencia sobre el futuro y un mensaje de resistencia. Para el escritor chileno-estadounidense que ha publicado ensayos, novelas, poesías y obras de teatro en más de 30 idiomas, tal vez no existan tiempos y espacios más productivos que los de transición: los que se abren entre lo que ha sido y lo que puede ser, pero todavía no es.

La biografía de Dorfman, al igual que su obra, está marcada por el desarraigo, por la tensión entre dos lenguas y dos países, por el duelo permanente entre la acción y la comprensión. El prolífico autor de La muerte y la doncella —la obra de teatro llevada al cine por Roman Polanski en los 90—, nació hace 78 años en Buenos Aires, pero creció en Nueva York. Sus padres se mudaron a Chile cuando él empezaba su adolescencia. Se enamoró del país, estudió Literatura, se casó, colaboró con el Gobierno de Salvador Allende y tuvo que exiliarse cuando irrumpió la dictadura de Augusto Pinochet. Se fue a Francia y luego a Estados Unidos. Dos veces intentó volver a radicarse en Chile. La primera vez no pudo. La segunda ya no quiso. Era una persona distinta de la que había escapado de allí dos décadas atrás, y terminó regresando a vivir al país de su infancia, al Imperio, al idioma que alguna vez se negó a usar y que en los últimos años ha usado para denunciar la “estupidez e ineficiencia surrealistas” de Donald Trump desde algunas de las tribunas más leídas del mundo: The New York TimesThe Washington Post The Guardian, entre otros.

Ariel Dorfman de visita en el set de filmación de "La muerte y la doncella" en  abril de 1994.
Ariel Dorfman de visita en el set de filmación de “La muerte y la doncella” en abril de 1994.FRANCOIS DUHAMEL / SYGMA VIA GETTY IMAGES

Dorfman ha sido profesor en Ámsterdam y en París, en La Sorbona, pero desde mediados de los ochenta su hogar principal está en Durham, Carolina del Norte, donde da clases de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Duke. Desde allí, entre la escritura de un cuento y un ensayo, respondió a las preguntas de EL PAÍS.

Pregunta. Con las primeras imágenes de ciudades en cuarentena muchos recurrieron a la palabra “distopía” para describir lo que veían, y el discurso público se llenó de metáforas bélicas para hablar de la lucha contra el coronavirus. Algunos gobiernos aprovechan esta situación para aumentar el control ciudadano o implementar medidas que tendrían una resistencia natural en tiempos más normales. ¿Le preocupa este desplazamiento de la “normalidad” o sus consecuencias para el futuro?

Respuesta. En efecto, reconozco que junto a la posibilidad de una renovación del impulso liberador existe el peligro de que quienes ostentan el poder en algunos países utilicen esta crisis gigantesca para imponer una regresión autoritaria, una tendencia que ya se nota. Trump dice que está “en guerra” contra el virus, pero la guerra que de verdad quiere ganar es contra los inmigrantes, contra las mujeres que buscan un aborto, contra la regulación de la industria y las grandes petroleras. Ya ha tomado medidas para perseguir estos objetivos.

El panorama en derechos humanos es desolador. Ahí están las medidas antidemocráticas de [Viktor] Orbán en Hungría, la persecución de periodistas en Egipto, la detención de activistas en Hong-Kong, el intento de Netanyahu de vigilar a sus compatriotas, el acoso de disidentes en Bolivia y Nicaragua, ni qué hablar de los delirios de Bolsonaro en Brasil. He explorado, a lo largo de mi vida, en obras de teatro, novelas, cuentos, ensayos y poemas, el reino y reinado del miedo: cómo tuerce a los seres humanos y los lleva a aceptar los peores crímenes en nombre de la seguridad y el “orden”.

No me extrañaría que vastos sectores de la ciudadanía, presos de ese miedo, extenuados por el aislamiento y la ruptura de sus hábitos y rituales cotidianos pudieran verse tentados por soluciones autoritarias que prometen un retorno a “cómo eran las cosas antes”, que no les importe que queden escatimadas las libertades con tal de tener algo de “normalidad”. Es un momento en que veremos el vigor y arraigue que tiene la democracia como práctica y como aspiración o si, como lo advirtió la expresidenta Michelle Bachelet, ciertos gobiernos van usar el coronavirus como excusa para “socavar el Estado de Derecho”.

P. La crisis global parece dejar en evidencia las actitudes políticas más indiferentes hacia lo que podríamos llamar “el bienestar colectivo”, y también los límites de ciertos discursos (como el del populismo o el de la meritocracia). ¿Cree que las formas de manejar esta crisis puedan cambiar la relación que tenemos con la política o con nuestros gobernantes?

R. Aún es temprano para hacer pronósticos. Lo que me parece incontestable es que la ciencia ha salido fortalecida de esta catástrofe, no solo en el prestigio que alcanza el conocimiento científico y medicinal, sino también en cuanto a la necesidad de efi-ciencia y, claro, con-ciencia. Esto ya significa una derrota de los mentirosos, los demagogos, los inmisericordes. Y es posible, aunque no seguro, que la incompetencia e idiotez que han mostrado a mansalva algunos gobernantes (Trump, Bolsonaro, Modi, Putin, Jeanine Áñez, entre otros) lleven a su derrota ignominiosa en próximas contiendas electorales. Pero tengo, además, la esperanza de que este cataclismo que nos aterra y aísla pueda llevar a un intenso aprendizaje de lo que de veras importa, lo que es crucial para nuestra felicidad.

En vez de un consumo desenfrenado y la búsqueda de ganancias, valorar el amor y la bondad de los demás, reconocer que todos necesitamos techo, comida, seguridad, paz, salud. Si quienes enfrentamos la pandemia hoy fuéramos capaces de aferrarnos a esas certezas más allá de la crisis actual, tal vez podríamos salir de ella armados de un dejo de sabiduría, más profundamente sintonizados con nuestra condición humana elemental. Tribulaciones que, al poner a prueba nuestra fortaleza y capacidad de resistir la adversidad, pueden terminar convirtiéndose en un aliciente para crecer y madurar. Creo que sería un desastre moral irreparable si, al dejar atrás este cataclismo, olvidásemos la noche oscura del alma y del cuerpo por la que acabamos de pasar. Una tarea básica es ponernos a generar entre todos un nuevo tipo de discurso, diferente del populismo (que todo lo promete sin plasmar formas reales de participación) o la meritocracia (que todo lo promete sin explicar por qué son tantos los que se desviven trabajando y no logran tener lo mínimo para subsistir). Si hoy proclamamos que “todos estamos juntos en esta emergencia”, cómo asegurar que tal frase no sea mañana pura retórica, cómo desplegar la “imaginación responsable” de la que habla Alain Touraine para repensar el concepto mismo de humanidad, las modalidades liberadoras y no alienantes de la globalización.

P. ¿Qué tipo de experiencias cree que podrían dar lugar a esto?

R. En todo el mundo se ha rendido homenaje a los “trabajadores esenciales”, aquellos que han estado en la “primera línea”, sea sanando y cuidando a la población, sea asegurando que haya alimentos e insumos, aquellos que hacen funcionar la sociedad. ¿A estos compañeros, que suelen ser los más maltratados de la sociedad, los vamos a devolver a la invisibilidad a la que se les había relegado en épocas de menos riesgo y azar? En cuanto a los inmigrantes, por ejemplo, ¿cómo no abrirles nuestros corazones y nuestros países cuando muchos hemos pasado por una experiencia de naufragio y extrañeza que nos acerca a lo que tantos refugiados viven a diario? ¿Cómo recibirlos, después de esta experiencia de desamparo, con murallas y represión? Estamos ante una oportunidad única para concebir otra forma de relación humana, una anticipación del paraíso. Pero no se llega a tal futuro compasivo y supuestamente utópico sin una dosis potente de pragmatismo y buen liderazgo. Es una prueba de fuego para nuestra especie.

P. Aunque fueran anecdóticas, las noticias sobre el descenso de la contaminación en algunas ciudades y la aparición de animales en lugares inéditos también revelan lo tóxica que es nuestra relación con el mundo. ¿Tiene esperanzas de que esta crisis pueda alterar en algo nuestra conciencia sobre la crisis climática en que vivimos?

R. Aparte de la preocupación constante por la salud de la familia y amigos dispersos por el mundo y el desconsuelo de presenciar tanta muerte y sufrimiento en tantos lugares entrañables, lo que constituye mi mayor inquietud es la forma en que la pandemia afecta la posibilidad de enfrentar el cambio climático.

Celebro los aires más límpidos y las visitas de animales varios a las ciudades súbitamente vacías (en Chile han aparecido pumas y cóndores; en Carolina del Norte, ciervos y zorros). Es un atisbo del mundo como podría ser si no estuviéramos contaminando la atmósfera, dedicados a extinguir especies y extraer y consumir petróleo a destajo. Y podría transformarse, cuando salgamos de esta catástrofe, en un acicate para emprender, con más ahínco, políticas que nos lleven a encarar de una vez por todas la amenaza apocalíptica que nos plantea el calentamiento global.

De hecho, estábamos bien encaminados a imaginar e implementar esas políticas antes de la pandemia, gracias a un movimiento ciudadano, especialmente de jóvenes, que reclamaba soluciones drásticas —tecnológicas, económicas, de estilo de vida— al problema. Mi temor es que la crisis que ha creado esta enfermedad dificulte esas soluciones. Cuando tantos millones han perdido su empleo y tenemos un diluvio de industrias y negocios en bancarrota, cuando la vida cotidiana que nos da algún sentido de estabilidad se ha visto corroída y menoscabada, cuando hemos padecido una situación en que los paradigmas que creíamos eternos tambalean y los cimientos de nuestra identidad se debilitan, pedir cambios radicales como los que exige confrontar la destrucción del medioambiente puede parecer irreal y excesivo. Primero, se dirá, retornemos a alguna semblanza de “normalidad”, antes de hacer experimentos que nos van a producir aún más estrés, que van a cuestionar costumbres que por lo menos nos dan la ilusión de permanencia después de meses (¿años?) de vaivenes y fluctuaciones.

Es probable que todas nuestras energías, todos los recursos de que disponemos, se vuelquen a urgencias inmediatas, el intento de que el mundo como lo conocíamos vuelva a funcionar y fluir como antes. Hay que tomarse un respiro, se dirá. Sin tomar en cuenta de que se trata justamente de que cada vez va a ser más difícil respirar, que se aproxima la hora vengativa de los océanos y las tempestades, las sequías y las hambrunas, la hora de los desenlaces aterradores. Porque solo nos queda una década para resolver este trance existencial. Es probable que esta epidemia mate menos gente que las anteriores (pensemos en las pérdidas ocasionadas por la viruela entre los pueblos originarios de América, para no ir más lejos), pero llega en una encrucijada única en la historia humana, cuando necesitábamos toda nuestra tenacidad e ingenio para deshacer el daño que le hemos hecho y seguimos haciendo a la naturaleza. Sería una tragedia que las secuelas de esta enfermedad nos llevara a desviar nuestra atención de la tarea verdaderamente impostergable del momento: sobrevivir a un desastre incalculablemente mayor y más letal que este virus tóxico.

En los últimos tiempos, dirá después el coautor de Para leer el Pato Donald —el ensayo célebre sobre el colonialismo cultural en las historietas de Disney que publicó en 1971 junto con Armand Mattelart— ha estado pensando en Cervantes. En Estados Unidos acaba de publicarse su nueva novela, Cautivos, que se enfoca en los meses en que el creador de El Quijote pasó en la cárcel de Sevilla. “¿Quién podría haber presagiado que esa obra, que ‘se engendró en una cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido hace su habitación’, inauguraría el género de la novela moderna que conquistó el mundo y es todavía el fundamento de nuestra mirada actual sobre la condición humana? Tengo fe de que en este momento de múltiples confinamientos, incomodidades y tristes ruidos, hay alguien, y más que alguien, que va elaborando una visión sobre la vida que nos va a ayudar a imaginar quiénes somos en estos tiempos de pandemia y esperanza”.

Después de contestar a las primeras preguntas, Ariel Dorfman recibiría un correo electrónico que le pedía si podía responder una más: su diagnóstico de la situación es, simultáneamente, sombrío y luminoso; las razones para desesperar parecen fáciles de asumir, pero ¿en qué tipo de experiencia se origina su esperanza? ¿O cree que es la única actitud posible frente a esta situación?

R. Es una pregunta que me han hecho a menudo: ¿cómo puedes tener esperanza en el género humano, habiendo presenciado tantas vilezas y ultrajes, tantas traiciones y complicidades de hombres y mujeres que, mal que nos pese, no son monstruos sino que gente común y corriente? Mi respuesta, tal vez obcecada, ha sido siempre: es justamente por mis experiencias y dolores que tengo esperanza. ¿Cómo dejar que gane la partida ese lado maldito nuestro, aceptar que vamos a repetir eternamente esos errores y desmanes, como lo profetiza Orwell hacia el final de 1984 (“Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano… incesantemente”)?

Asiento ese optimismo en la existencia de avances irrefutables: ahí están la abolición de la esclavitud, la promoción de los derechos de minorías, niños y pueblos originarios, nuestra creciente conciencia ecológica, la lucha por la igualdad de género, evidencia de que otro mundo sí es posible, que si pudimos dejar atrás cantidad de aberraciones del pasado, ¿quién nos impide hacer lo mismo con los problemas que nos aquejan hoy? La energía y la bondad no faltan, como lo manifiestan las últimas muestras de sacrificio en el combate contra la pandemia. Reconozco, de todas maneras, que mi fe, que a veces parece ciega y emocional, fruto de mi voluntad más que de un análisis frío de lo real, puede terminar siendo una mera ilusión, un espejismo que me ayuda a sobrellevar cada día con algún sabor de alegría y sanidad.

No dudo de que ese empecinamiento en hallar lo positivo en las peores circunstancias puede que se origine en circunstancias personales, como una infancia en que mis padres me brindaron un amor incondicional. Tuve la suerte de renovar esa confianza en los otros seres humanos por medio de tantos amigos y compañeros y sobre todo por la lealtad de Angélica y la familia maravillosa que tenemos, una convicción que se confirmó durante los mil días de Allende, cuando vi cómo mis compatriotas más olvidados y menospreciados iniciaron transformaciones épicas, probando que la injusticia y la desigualdad no son condiciones eternas, que podemos cambiar nuestro destino.

A veces pienso, sin embargo, que una mirada más descarnada (mi mujer diría más realista) sobre nuestra desolación actual podría ser lo que precisamos para despertar de la pesadilla y amenazas que nos acechan, es decir, hacer el aprendizaje de lo mucho que sigue fallando en vez de seguir entregando la consolación de una esperanza que no merecemos. La visión que plasmo en mis escritos no está exenta de dudas, tonos oscuros, ambigüedades. De hecho, creo que la ambigüedad es una de las armas estéticas más potentes y necesarias en una sociedad global que busca y abraza soluciones simplistas, sentimentales y formulísticas, una situación comunicacional reductiva que ha empeorado con el imperio de los medios sociales. Así que mi optimismo no es algo dado. Tengo que luchar cada vez que me levanto de la cama en las mañanas para seguir creyendo que la especie logrará superar este momento tan peligroso.

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