#MujeresDefensoras: Mónica Echeverría (1920-2020)

Mar 5, 2021

Mujeres Defensoras 
MÓNICA ECHEVERRÍA YÁÑEZ (1920-2020) 
 
“Pocas podrían decir, con casi 97 años, que siguen igual de rojas y furiosas que cuando eran jóvenes, yo sí. No soy una de esas viejas apolilladas, desinformadas o que ya no piensan”.

Integrante del movimiento Mujeres por la Vida y uno de los rostros visibles de la revolución que luchó por la defensa de los derechos humanos durante la dictadura chilena. Mónica Echeverría partió a los 99 años y será recordada como una de las figuras más potentes del feminismo y la cultura nacional, dejando un enorme legado de lucha y compromiso social que permanecerá vivo en la memoria nacional.

Fiel a su rebeldía, el último deseo de la escritora fue ser velada en el Campus Oriente de la Universidad Católica con un parche en el ojo, en homenaje a las víctimas de lesión y mutilación ocular en el contexto de las actuales movilizaciones sociales en Chile. Días previos a su muerte, y a pesar de su avanzada edad, salió a manifestarse en su silla de ruedas, rodeada de cacerolas y portando un cartel con una sola palabra: “¡Basta!”

El compromiso de la dramaturga y activista social quedó inmortalizado en el libro Santiago – París. El vuelo de la memoria (2002), donde Mónica y Carmen Castillo -madre e hija- entrelazan testimonios de sus vidas y deconstruyen parte de la historia del país: “Nuestros tradicionales partidos políticos se derrumban definitivamente, y que movimientos, considerados insignificantes para los tradicionales señores del poder, ahora emergen espontáneamente atrayendo a multitudes desencantadas: ecologistas, feministas, homosexuales-lesbianas y las minorías étnicas, que creíamos para siempre desaparecidas”.

La artista nacional ejerció la docencia como profesora de Literatura por más de veintidós años, lo que complementaría con su vocación por el teatro, desarrollándose como actriz, directora y dramaturga de diferentes obras. Echeverría también se desarrolló como escritora, dejando un legado literario imprescindible a la hora de comprender la historia nacional, obras como  Krassnoff, arrastrado por su destino (2008), Cara y sello de una dinastía (2005), libros que retratan a la elite y los crímenes de lesa humanidad.

Con el golpe de Estado en Chile y debido a la militancia de dos de sus hijos en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), debió exiliarse a Inglaterra junto a su familia entre 1974 y 1978. Allí se desempeñó como profesora de literatura y gramática en el Technical School, sin embargo, aquello no le impidió luchar contra la dictadura de Augusto Pinochet desde la clandestinidad.

Cuatro años después, en plena dictadura y de regreso en Chile, fue una de las fundadoras del Centro Cultural Estación Mapocho. También fue inmortalizada en la memoria chilena como una de las fundadoras de Mujeres por la vida, movimiento que nace en 1983, luego de la declaración pública “Hoy y no mañana” que se divulgó tras la inmolación de Sebastián Acevedo en Concepción. Este colectivo estuvo impulsado por mujeres opositoras a la dictadura civil-militar cuyo objetivo era restaurar la democracia arrebatada por Golpe de Estado. Y ahora, con su partida, muchos de los recuerdos de esta agrupación se fueron con ella.

Dentro de las acciones realizadas por la agrupación, y gracias a su ímpetu libertario, Mónica dio vida a la Operación Chancho, donde lanzó a correr un cerdo con una gorra como la del general Pinochet en pleno centro de Santiago, en el paseo Ahumada. Su hija, Consuelo Castillo, recordó el episodio señalando que “lo hicimos con mucho susto. Además, los carabineros lo perseguían y trataban de agarrarlo. De alguna manera, eso ridiculizaba al tirano. Entonces, también perdías ese miedo que te estaba acompañando tanto”.

Como activista, fue una feroz defensora de los derechos humanos de las personas, mujeres y disidencias, como también de los más oprimidos. Su misma muerte fue una protesta, una inspiración para quienes fueron testigos de su vida y un manifiesto para las futuras generaciones que serán parte de su legado.

Por ello, no es de extrañar que hasta en su último momento homenajeara a las víctimas de la represión estatal y violación de los Derechos Humanos. “Durante mi madurez viví la época de la revolución en la cual me involucré con pasión y optimismo, aún después que nuestras utopías se habían derrumbado. ¿No habré sido una privilegiada y deba cantar en el ocaso de mi existencia junto a Violeta Parra «Gracias a la vida que me ha dado tanto»?”

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