” Política mapuche”, columna de Carlos Peña, miembro del Directorio Museo

Ago 10, 2020

“Para desproveer de todo pretexto y excusa a la violencia, es necesario apoyar la formación de una voluntad colectiva en el pueblo mapuche para que, así, tenga existencia política y participe de la democracia”.

¿Habrá alguna forma de resolver, o siquiera contribuir a resolver, lo que está ocurriendo en La Araucanía, una forma que evite en el mediano plazo el racismo que está brotando o la violencia que poco a poco se legitima?

Debe haber alguna, por supuesto. Pero para alcanzarla es preciso convenir algunas cosas obvias.

Desde luego, es necesario caer en la cuenta de que la vieja idea de la nación chilena como una comunidad de sangre y de cultura carece de vigencia social. La sociedad chilena es hoy una sociedad plural, que alberga varias identidades y múltiples memorias. Esas identidades, la mapuche entre ellas, estuvieron ahogadas por esa idea de nación; pero sobrevivieron ocultas en el espacio familiar, en la memoria, en la lengua materna, y hoy día han renacido y reclaman reconocimiento. Este último, el reconocimiento (basta recordar a Hegel) es una de las pulsiones más importantes de la vida política: los individuos y los pueblos quieren que la idea que tienen de sí y que cultivan en su conciencia, sea acogida por la conciencia de los demás.

El problema de los mapuches no es entonces la pobreza, es la invisibilidad, la sensación de que la conciencia que tienen de sí (o que han llegado a tener de sí, puesto que en la identidad no hay nada definitivo) es negada en el espacio público.

Una vez que se cae en la cuenta de eso (una tarea que va más allá de una mera declaración y que debe incluir una cierta política de la memoria que corrija el prejuicio hasta hoy arraigado), es necesario permitir o favorecer que el pueblo mapuche se constituya como tal o, si se prefiere, que forje una voluntad colectiva a partir de la cual participe en la formación de la voluntad democrática. Esta medida de justicia política ayudaría a evitar que la voluntad o la representación de ese pueblo sea capturada por grupos que echan mano de la violencia y a los que el desconocimiento de todo lo anterior les sirve de causa o pretexto.

Para desproveer de toda justificación a la violencia, es entonces necesario —vale la pena reiterarlo— apoyar la formación de una voluntad colectiva en ese pueblo para que sume a su existencia sociológica una existencia propiamente política.

¿Acabará con el conflicto ese tipo de medidas?

De inmediato no, por supuesto. Los procesos sociales son complejos y este es de los más enmarañados y, desde que se recuperó la democracia, de los más difíciles de encarar. Pero no cabe duda, a la luz de la experiencia comparada, que esas medidas de justicia política serían un paso formidable.

Desgraciadamente, hay formas de encarar el conflicto que revelan profundos malentendidos que mientras no se despejen impedirán que algo así se alcance.

El primer malentendido, frecuente en la vida social, consiste en ver al otro de una manera inconsistente con su propia conciencia. Los mapuches (la élite mapuche, la minoría consistente que habla en su representación) no se siente chilena en el mismo sentido que ha alcanzado un inmigrante citadino. Ellos se sienten parte de un pueblo con una identidad propia y no un agregado de individuos aculturizados. Para advertir esto basta formular la siguiente pregunta: ¿A qué se debe que un inmigrante judío o palestino se sienta más cómodo que un mapuche al ser tratado como chileno pleno e indudable? El inmigrante se siente acogido en un lugar que no es originalmente suyo; el mapuche se siente excluido de lo que siente le es propio.

El segundo malentendido consiste en creer que el diálogo circunstancial, el diálogo surgido a propósito de un problema específico, como el que plantea la huelga de Celestino Córdova, un diálogo llevado en tono paternalista y buenos modales va a resolver el problema. No es el caso. Un diálogo a la altura de este problema debe incluir el reconocimiento del otro como un sujeto pleno, la aceptación de sus derechos (reconocidos, por lo demás, en el derecho internacional) y la disposición a discutir la estructura de la convivencia.

Y el tercero (debe haber más, por supuesto) consiste en creer que al aceptar la pluralidad de pueblos se cancela el proyecto nacional y la unidad de la nación. Este es un error craso (puede llamársele la falacia del nacionalismo tribal), que deriva del hecho de creer que las raíces de una nación están en el pasado, cuando en verdad están en el futuro. Las naciones (enseñan Renan, Ortega) son formas de autoafirmación política que se comprometen con un proyecto de futuro. Lo que debe unir al pueblo mapuche con la nación chilena no es, pues, el pasado que hay que revisar, sino el futuro que con la participación de su voluntad colectiva hay que construir. Los pueblos y las naciones no reiteran una y otra vez el pasado; pasan sobre el pasado y lo reconstruyen a la luz de su futuro.

Fuente: El Mercurio Santiago, 9 de agosto de 2020

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